La Dirección Nacional de Elencos Estables de la Presidencia de la Nación dio inicio a la temporada artística 2026 de la Orquesta Sinfónica Nacional con un concierto de alto impacto musical y simbólico en el Auditorio Nacional del Palacio Libertad. La velada, realizada el viernes 27 de febrero a las 20, marcó el comienzo de un nuevo ciclo para el organismo con un repertorio que recorrió distintas tradiciones estéticas y períodos históricos, desde el sinfonismo argentino hasta el romanticismo francés y ruso.
Bajo la dirección del maestro suizo Emmanuel Siffert, director titular invitado, la Sinfónica Nacional abrió la noche con una obra de fuerte impronta identitaria: la Sinfonía N°6 “La muerte del cometa”, op. 102, de Alberto Williams. Compuesta en 1937, la partitura constituye una de las páginas más singulares del repertorio sinfónico argentino del siglo XX, atravesada por la fascinación del autor por la astronomía.
Williams, habitual observador del cielo nocturno, volcó en esta obra su pasión por los fenómenos celestes. Inspirada en las observaciones realizadas en 1910 durante el paso del cometa Halley, la sinfonía traduce en lenguaje orquestal la potencia del núcleo y la estela incandescente del astro. El resultado es una partitura de climas contrastantes, donde la densidad orquestal y los pasajes de tensión evocan la inmensidad del universo, mientras momentos de lirismo sugieren la contemplación silenciosa del firmamento. La interpretación puso en valor la riqueza tímbrica del conjunto y reafirmó la vigencia de una obra que dialoga con la tradición europea desde una perspectiva argentina.
El programa continuó con un bloque dedicado al compositor francés Camille Saint-Saëns, figura central del romanticismo tardío. En primer término sonó la Habanera, Op. 83, también conocida como Havanaise, pieza originalmente concebida para violín y piano y luego orquestada por el propio autor. La obra, dedicada al virtuoso cubano Rafael Díaz Albertini, adopta el ritmo de habanera —danza de raíz africana desarrollada en Cuba— como guiño al origen del dedicatario.
El violinista invitado Luis Roggero asumió el rol solista con solvencia técnica y expresividad refinada. Su interpretación destacó por el equilibrio entre sensualidad rítmica y claridad melódica, cualidades esenciales en una partitura que exige dominio del fraseo y control del color sonoro. La complicidad entre el solista y la orquesta, sostenida por la batuta de Siffert, dio como resultado una versión vibrante y matizada.
A continuación, Roggero volvió al escenario para abordar la célebre Introducción y rondó caprichoso, Op. 28, también de Saint-Saëns. Escrita en 1863 para el violinista español Pablo de Sarasate, la obra se convirtió con el tiempo en una pieza emblemática del repertorio concertante para violín. Su combinación de lirismo inicial y brillantez técnica en el rondó final exige virtuosismo y carácter. La ejecución puso de relieve la agilidad y precisión del solista, especialmente en los pasajes de mayor velocidad, donde el diálogo con la orquesta mantuvo tensión y dinamismo.
El clima cambió radicalmente con La isla de los muertos, Op. 29, del compositor ruso Sergei Rachmaninov. Compuesta en 1907, la obra fue inspirada por una pintura simbolista de Arnold Böcklin que representa la llegada de una pequeña embarcación a una isla desolada, rodeada de aguas oscuras. En su versión sinfónica, Rachmaninov recrea esa atmósfera inquietante mediante un ostinato rítmico que evoca el movimiento del remo sobre el agua y una orquestación sombría, cargada de tensión. La interpretación destacó por la profundidad de los graves y la construcción progresiva del dramatismo, logrando una lectura introspectiva y envolvente.
El cierre estuvo a cargo de Stenka Razin, Op. 13, poema sinfónico del compositor ruso Alexander Glazunov. Escrita en 1885 y dedicada a la memoria de Alexander Borodin, la obra narra en clave musical las hazañas del líder cosaco que se rebeló contra el régimen zarista en el siglo XVII. Con un lenguaje orquestal directo y descriptivo, Glazunov combina episodios épicos con momentos de lirismo trágico, culminando en un desenlace de fuerte intensidad dramática. La Sinfónica Nacional ofreció una versión sólida, resaltando el carácter narrativo del poema y la potencia de su sección final.
El concierto inaugural no solo marcó el comienzo de la temporada 2026, sino que reafirmó el compromiso de la Orquesta Sinfónica Nacional con un repertorio diverso y de calidad, capaz de tender puentes entre la tradición local y el gran canon sinfónico internacional. En una sala colmada, el público acompañó con sostenidos aplausos una noche que combinó evocaciones astronómicas, virtuosismo instrumental y relatos históricos transformados en música. Así, el organismo abrió un nuevo año artístico consolidando su lugar como uno de los principales referentes culturales del país.