Quienes viven en General Urquiza al 550 aseguran que la dependencia funciona como “una mini cárcel” en un pulmón de manzana, generando tensión continua por peleas, quema de colchones y fugas que ponen en riesgo su seguridad.
En pleno corazón de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la antigua Comisaría Octava de Balvanera fue reconvertida en la Alcaidía Anexo 3A, donde actualmente esperan traslado cerca de 60 detenidos con causas graves. Desde que se realizó este cambio, los vecinos que residen en los edificios aledaños sufren a diario “situaciones de un reality tumbero”, con fugas de presos, motines que incluyen quema de colchones y peleas que se prolongan hasta altas horas de la noche.
La preocupación se intensificó a partir de dos incidentes ocurridos en mayo y diciembre del año pasado, cuando varios reclusos escaparon tras prender fuego colchones en el patio. “Acá no hay que temerle a una entradera desde la calle; acá los presos se me meten desde adentro”, relató Sergio, cuyo PH linda con el fondo de la alcaidía. Durante aquel episodio, uno de los internos subió a una medianera, cayó sobre la terraza de su casa y desde allí saltó varios metros hasta la puerta de la calle. “Fue una locura. No sabés si estás en tu casa o si formás parte de una serie carcelaria. Acá la realidad supera la ficción”, agregó.
Para Graciela, quien lleva casi dos décadas viviendo en Balvanera, el cambio en la cotidianidad del barrio fue radical. “Es como una mini cárcel de Devoto” describió al referirse al pulmón de manzana en el que hoy funcionan los patios de la alcaidía. Sus ventanas de baño, comedor y dormitorio dan directamente al espacio donde los presos comen, hacen gimnasia, escuchan música y conversan en voz alta, situación que genera ecos continuos hacia los departamentos. “Los gritos, insultos y el descontrol se prolongan hasta altas horas de la noche, sin ningún tipo de supervisión, agravando aún más la situación”, expresó ella, mientras remarcó que muchas familias prefirieron cerrar cortinas y alejar a los niños de las ventanas por temor a presenciar escenas de violencia o desnudos.
En la misma línea, explicaron que durante el incendio que generó la quema de colchones, vecinos debieron autoevacuarse debido al humo que ingresó en los departamentos. “Seis dotaciones de bomberos entraron por nuestros patios. Nosotros nos intoxicamos y los presos, cuando llegaron los bomberos, ya habían apagado los matafuegos. Nadie se preocupó por nosotros”, sostuvo otro damnificado. Como respuesta a esos incidentes, la Policía de la Ciudad construyó un muro de dos metros con alambre de púas entre la alcaidía y las viviendas. “Nos encerraron más a nosotros que a ellos”, lamentó Sergio, quien consideró que la medida no solucionó el problema de ruido y, además, redujo la entrada de luz y aire al pulmón de manzana.
De tal modo, la cercanía de internos con condenas por robo a mano armada o homicidio incrementa el miedo de los vecinos. Según contaron, el ingreso masivo de presos se produjo en septiembre de 2022, tras el atentado a Cristina Kirchner y durante el Mundial de aquel año, cuando los reclusos celebraban goles escuchando la radio y gritaban desde el patio. “No estamos hablando de contraventores; son tipos pesados”, enfatizó Sergio, al describir la magnitud del problema.
Por su parte, Rosa, que trabaja desde su casa procesando datos, advirtió que los ruidos constantes afectan su rendimiento laboral y su salud mental. “Es como vivir con ellos”, aseguró, y añadió que el valor de su propiedad se desplomó ante la imposibilidad de venderla o alquilarla a precio justo. Pese a que envió correos y realizó reclamos presenciales a funcionarios de la alcaidía, al Ministro de Seguridad y al Jefe de Gobierno, la respuesta oficial fue “Su solicitud ha sido remitida al área competente”, sin ofrecer una solución concreta.
Asimismo, los vecinos critican la ausencia de comisaría de proximidad: “Si hay un problema, no hay nadie para atenderte. Los policías de la alcaidía están para vigilar a los presos, no para cuidarnos a nosotros”, se quejan. Con el paredón solo reduciendo parcialmente el ruido, el conflicto se agrava en las noches, cuando gritos y escenas de violencia obligan a intervenir a quienes viven junto al penal. Incluso se registraron ataques de pánico en varias familias, algunas de las cuales debieron comenzar tratamientos psicológicos.
Mientras las alcaidías porteñas enfrentan sobrepoblación, con 2.240 detenidos en lugares diseñados para 1.270, los vecinos de Balvanera continúan “al límite” por la convivencia forzada con una población penitenciaria sin garantías de protección ni descanso. En tanto, el gobierno porteño aseguró que trabaja en un traslado de presos a un nuevo penal en Marcos Paz, pero por ahora, la situación en General Urquiza al 550 persiste, generando conflictos diarios y un sentimiento creciente de vulnerabilidad entre quienes residen a escasos metros de aquellos que permanecen “palabra y piel contra la pared” en el patio de la alcaidía.