Desde sus primeros pasos en la educación en Buenos Aires hasta su papel como líder religioso y defensor de la educación global, el Papa Francisco dejó una huella imborrable en la historia de la enseñanza.
Jorge Mario Bergoglio, conocido mundialmente como el Papa Francisco, falleció el 21 de abril de 2025, dejando tras de sí un legado que trascendió el ámbito religioso. Su vida estuvo marcada por su profundo compromiso con la educación, un aspecto central no solo en su formación personal, sino también en su labor como líder de la Iglesia Católica. Su vínculo con la educación comenzó desde muy temprana edad en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y esa conexión con el conocimiento nunca lo abandonó, ni siquiera cuando alcanzó la máxima autoridad en el Vaticano.
El pequeño Jorge comenzó su recorrido educativo en el Jardín de Infantes del Instituto Nuestra Señora de la Misericordia, una institución de gestión privada ubicada en el barrio de Flores, a solo unas cuadras de su casa en la calle Membrillar. Fue en este lugar donde, además de sus primeros aprendizajes académicos, recibió su primera comunión, un rito que marcaría el inicio de su vida religiosa. Los recuerdos de su niñez en este colegio fueron fundamentales para entender su visión de la educación como un acto de amor y esperanza.
La educación primaria de Bergoglio transcurrió en la Escuela Primaria N° 8 D.E. 11 «Cnel. Ing. Pedro Antonio Cerviño», una escuela estatal del barrio de Flores, donde cursó hasta el quinto grado. Allí comenzó a forjarse su carácter y su pasión por el estudio, algo que mantendría a lo largo de su vida. Posteriormente, en su adolescencia, eligió continuar su formación religiosa en el Colegio Vilfrid Baron de los Santos Evangelios, una obra educativa vinculada al complejo Don Bosco de Ramos Mejía. Fue en este colegio donde, además de adquirir conocimientos académicos, dio sus primeros pasos en el camino hacia el sacerdocio, algo que se consolidaría años más tarde.
La etapa secundaria de Bergoglio también estuvo vinculada con la Ciudad. A los 14 años, regresó a Buenos Aires y se matriculó en la Escuela Industrial N° 12, ubicada en el barrio de Floresta, donde se graduó como técnico químico en 1955. Esta institución, que más tarde pasó a llamarse Educación Técnica N° 27 «Hipólito Yrigoyen», guarda una placa conmemorativa en honor al paso de Bergoglio por sus aulas, junto a la Escuela Cerviño. En estos centros educativos, los recuerdos de su paso se mantienen vivos y son motivo de orgullo para sus comunidades. La directora de la Escuela Cerviño, Rosana Domínguez, expresó en su momento: «Es un honor para nuestra escuela que una de las personas más influyentes del mundo haya estudiado aquí, y la mejor manera de homenajearlo es gestionando y trabajando por una educación inclusiva y de calidad para todos nuestros alumnos.»
En tanto, el rector de la ET 27, Néstor Policaro, no dejó de subrayar el orgullo de la comunidad educativa por la vinculación de la institución con el Papa. «Para nosotros es un triple orgullo porque el Papa es argentino, es técnico y de la 27», dijo Policaro, destacando que la conexión con Bergoglio representa un hito para la institución, cuya historia se ve reflejada en el impacto que el Papa ha tenido en la educación mundial.
A lo largo de su vida, el Papa Francisco nunca dejó de destacar el valor de la educación en su propia existencia. Como docente, su pasión por el conocimiento lo llevó a enseñar Literatura y Psicología en el Colegio y la Universidad del Salvador, instituciones que marcarían su carrera educativa. Fue vicecanciller del Colegio del Salvador, donde tuvo la oportunidad de enseñar a muchos jóvenes, incluido Jorge Luis Borges, quien en su juventud lo contrató para dar clases en el Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe. Estos años de formación educativa lo posicionaron como un líder con un profundo sentido de la importancia de la educación para transformar la sociedad.
En marzo de 2013, Bergoglio fue elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, adoptando el nombre de Francisco. Desde ese momento, su mensaje de amor, paz y esperanza trascendió las fronteras del Vaticano, y su mirada sobre la educación fue una constante en sus discursos y acciones. En su papado, el Papa Francisco nunca dejó de subrayar la relevancia de la educación como un pilar para la construcción de un futuro más justo. «Educar es en sí mismo un acto de esperanza», afirmó en varias ocasiones, destacando que los maestros desempeñan un papel fundamental en la construcción de una sociedad más equitativa. «Los maestros deberían tener siempre presente el enorme aporte que hacen a la sociedad en este sentido», remarcó, recordando que, a través de la educación, se entrega a los niños, adolescentes y jóvenes el «pan de la verdad», invitándolos a seguir el camino de la esperanza y la justicia.
En sus reflexiones sobre la educación, el Papa Francisco también señaló que «nuestra tarea educativa tiene que despertar el sentimiento del mundo y la sociedad como hogar». Para él, la educación no solo tenía que ser un instrumento de conocimiento, sino también una forma de fortalecer los lazos humanos y la solidaridad entre las personas. Además, destacó que «todos tienen derecho a la educación, nadie debe ser excluido», recordando las grandes desigualdades que aún existen en muchas partes del mundo, donde niños y jóvenes carecen de acceso a una educación digna, víctimas de la violencia y la pobreza.
En sus discursos, el Papa Francisco también hizo referencia a los miles de inmigrantes y pueblos originarios que, al llegar a la Ciudad, encontraron en la educación una herramienta para trascender su origen y buscar un futuro mejor. «El hijo del gaucho, el migrante del interior que llegaba a la ciudad, y hasta el extranjero que desembarcaba en esta tierra, encontraron en la educación básica los elementos que les permitieron trascender la particularidad de su origen para buscar un lugar en la construcción común de un proyecto», expresó en uno de sus mensajes más emotivos.