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Un siglo de historias y amor en el Bar Británico, emblema porteño frente al Parque Lezama

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires celebra el décimo aniversario de la renovación del icónico Bar Británico, situado en la esquina de Defensa y Brasil, frente al Parque Lezama. Este lugar, que ha sido punto de encuentro y locación de numerosas películas, ha sido testigo de la historia de la Ciudad desde 1928 y conserva entre sus mesas anécdotas y leyendas.

Este lunes se cumplen diez años desde la última renovación del histórico Bar Británico. Ubicado frente al emblemático Parque Lezama, este café ha sido protagonista de momentos memorables, albergando a personalidades de la cultura y la política, así como a vecinos y visitantes que buscan un espacio de encuentro en esta esquina cargada de historia. El Británico, cuya fachada y decoración evocan épocas pasadas, está situado en un lugar donde se cree que Pedro de Mendoza, el fundador de Buenos Aires, desembarcó en su primera expedición, aunque nunca se encontraron evidencias que lo corroboren.

El escritor Jorge Luis Borges también se inspiró en el mito de la fundación de Buenos Aires al referirse al río en sus versos de «Fundación Mítica de Buenos Aires». Borges caminó por los senderos del Parque Lezama acompañado de Estela Canto, su primer amor, y es posible que, en algún momento, hayan pasado frente al Británico, tal como lo hicieron muchos otros famosos de la cultura argentina. Otro reconocido escritor, Ernesto Sábato, también ubicó su novela Sobre héroes y tumbas en esta zona, reforzando el rol del parque y el bar como espacios de referencia cultural.

Fundado en 1928 bajo el nombre de «La Cosechera», el bar se popularizó entre la comunidad anglosajona que trabajaba en el Ferrocarril del Sud, quienes lo bautizaron coloquialmente como el «Británico». Sin embargo, fueron tres gallegos, José, Pepe y Manolo, quienes, en la segunda mitad del siglo XX, consolidaron su carácter como un café tradicional porteño, abierto las 24 horas y con un salón familiar para las mujeres. Bajo su gestión, el Británico se convirtió en un símbolo de identidad en el barrio de San Telmo y fue frecuentado por reconocidos músicos, escritores y políticos, además de servir como escenario de varias producciones cinematográficas.

En 2007, después de décadas al frente del Británico, los tres dueños originales decidieron retirarse, lo que generó preocupación entre la comunidad porteña por el destino del bar. Con su partida, llegó una nueva administración que duró solo unos años y no logró mantener el espíritu del Británico. Fue en 2014 cuando los hermanos Aznárez, hijos de un inmigrante vasco, asumieron la dirección del bar, iniciando un proceso de renovación que respetó el estilo original del local y que, desde entonces, se ha conocido como el «IV Imperio Británico».

Los Aznárez, que tienen una larga trayectoria en el sector gastronómico, actualizaron las instalaciones del Británico, desde los baños y el sistema eléctrico hasta la construcción de un área de producción en el sótano. Aunque renovaron el mobiliario por el desgaste del original, conservaron los antiguos muebles en un depósito en Parque Patricios, conscientes del valor sentimental que representan. Además, añadieron una foto histórica de los años sesenta de la calle Defensa, hallada en una tienda de antigüedades del barrio.

Una de las historias más emotivas vinculadas al Británico es la leyenda de «la mesa vacía». Según se relata, un cliente conocido como «el Almirante Braun», en realidad, un inmigrante catalán de Tarragona que llegó a Buenos Aires huyendo de la Guerra Civil Española, frecuentaba el Británico durante décadas, dejando siempre una mesa reservada para su amor perdido, quien no pudo acompañarlo en su huida. Para mantener la mesa disponible en caso de un improbable reencuentro, Braun pagaba el equivalente a las cuatro comidas diarias de un comensal. Aunque su pareja nunca llegó, los antiguos dueños, José, Pepe y Manolo, mantuvieron la costumbre de dejar una mesa vacía, en honor a aquella historia de amor interrumpido por la distancia y el conflicto.

Con el tiempo, esta leyenda del «Almirante Braun», una figura solitaria que buscaba refugio en el anonimato de San Telmo, apodado así en referencia al héroe naval argentino Guillermo Brown, se consolidó en la memoria del bar, enriqueciendo su mística. Los tres gallegos, custodios de esta anécdota, la transmitieron a los actuales propietarios, quienes conservan la tradición de la mesa vacía como símbolo de fidelidad a los recuerdos que alberga el Británico.

Hoy, Gonzalo Aznárez, el menor de los hermanos, es quien administra el bar, continuando con la tradición familiar que comenzó a los diez años cuando ayudaba a su padre en otros negocios. Con una rutina que comienza a las 5 a.m. y termina a las 3 a.m., Gonzalo destaca el legado de trabajo de su padre, quien inmigró a la Argentina desde Navarra en 1955 y construyó una carrera en la gastronomía del microcentro porteño.

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