La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, una metrópolis rica en talento musical, forjó su identidad a través de diversos géneros y melodías. Desde el rock y el tango hasta el jazz y la música clásica, la ciudad resuena con la música de artistas callejeros que eligen las plazas, trenes, subtes y peatonales como su escenario. ¿Cómo es la vida diaria de estos músicos en la calle? ¿Logran subsistir de su arte? Estas son historias que merecen ser compartidas y escuchadas.
Buenos Aires se destaca por tener una abundante comunidad de músicos callejeros que se presentan en subtes, plazas y aceras, algunos de los cuales han alcanzado la fama. Desde Nahuel Pennisi hasta la Orquesta Fernández Fierro, que solía llevar su piano a la vereda; desde el actor Facundo Arana en sus inicios hasta el reconocido cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, quien comenzó su carrera en la peatonal Florida. Incluso más allá de las fronteras, figuras como Justin Bieber de Canadá y Ed Sheeran del Reino Unido fueron «descubiertos» mientras tocaban en las calles.
Nos adentramos en este vibrante mundo y conversamos con algunos de estos músicos, auténticos juglares del siglo XXI. ¿Pueden ganarse la vida de esta forma? ¿Cómo enfrentan los desafíos cotidianos de la vida callejera? ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de este estilo de vida? Recorrimos subtes, plazas, peatonales y esquinas para descubrir sus historias y su música.
Noelia Suárez, de 29 años, es una talentosa vocalista que se presenta en la calle, aunque también toca varios instrumentos. Su repertorio abarca soul, jazz, y swing, e incluso interpreta canciones de musicales antiguos, como las de Liza Minelli, Edith Piaff y Barbra Straisand. Noelia se acompaña con pistas, aunque sueña con cantar junto a una big band. Aunque no depende completamente de su música en la calle, a veces obtiene «unos buenos billetes».
Uno de los desafíos comunes que enfrentan estos músicos es la intervención de la Policía de la Ciudad, que a menudo intenta desalojarlos. Aunque el gobierno porteño propuso un «Registro de Artistas Callejeros/as», muchos músicos lo ven como un amague sin resultado real, ya que obtener permisos y acuerdos se ha vuelto un proceso complicado y burocrático.
Melin Banda, un trío de covers que toca rocanrrol, blues, surf, disco y jazz, se presenta en distintos puntos de la ciudad, tocando durante varias horas al día. Además de tocar en la calle, también se presentan en bares y eventos privados.
Gucho, un guitarrista que toca en la puerta de un banco en Scalabrini Ortiz y Jufré, trabaja como músico callejero todos los días, lo que le permite subsistir de esta actividad. A pesar de algunos desafíos, Gucho valora la oportunidad de hacer arte y llevar una sonrisa a las personas.
Grisel y Lucila, conocidas como Dama Manchada, son dos artistas que fusionan el bandoneón y la guitarra eléctrica para interpretar tango, bolero y jazz en versiones personalizadas. Disfrutan de la conexión única con el público que la calle les ofrece, pero lamentan la falta de reconocimiento y apoyo laboral en este ámbito.
Armando la Gorra, una banda de rock que interpreta éxitos históricos en la calle, ha logrado establecer una sólida carrera como músicos callejeros. Además de tocar en la calle, también son contratados para tocar en fiestas privadas y eventos.
Sergio Israel, un ex violinista del Teatro Colón, toca música clásica en la línea D del subte. A pesar de su vasta experiencia, no ha encontrado una solución efectiva en los permisos anunciados por el gobierno porteño.
Benny Blackall toca el violín en el tren Mitre durante jornadas de 6 a 10 horas todos los días, interpretando rock nacional, pop y canciones de Queen y The Beatles. A pesar de los desafíos, valora la satisfacción de hacer arte y generar emociones positivas en las personas.
En la zona opulenta de la ciudad, cerca del Museo Nacional de Arte Decorativo, un saxofonista llamado Osiris se destaca con su música. Aunque empezó tocando en la calle, ha diversificado sus fuentes de ingresos a lo largo de los años, tocando en fiestas privadas y como sesionista. Su presencia en la calle aporta un toque de humanidad a la esquina.
La Boca, un lugar histórico para la música, no podría estar completo sin el sonido del bandoneón. Michi, un bandoneonista, toca durante seis horas al día, cinco días a la semana. Vive de lo que recauda con la gorra y destaca la relación directa con el público, aunque también menciona los desafíos climáticos y la inseguridad.
Otros músicos también contribuyen a enriquecer la escena musical de la ciudad, con artistas como Pehuen Godoy, Manufi, Dama Manchada, Armando la Gorra y muchos otros que se presentan en diversos lugares, incluyendo Parque Rivadavia, Centenario, Caminito y Recoleta.
Estos músicos callejeros son parte integral de Buenos Aires, una ciudad rica en cultura y arte. Como Jorge Durietz y Miguel Cantilo en los años 60, han abrazado y enriquecido la esencia de la ciudad a través de su música. En palabras de estos músicos, «la calle es la mejor y más completa experiencia que tengo como músico; se adaptó a la perfección a mis ganas de tocar la máxima cantidad de tiempo sin molestar a nadie y sostenerme económicamente». Sus historias, sus melodías y su pasión por la música siguen resonando en las calles de la ciudad.